domingo, 3 de agosto de 2008

Transparencia en las industrias extractivas y la "maldición de los recursos naturales"

Por: Terry Lynn Karl
“El petróleo es el excremento del diablo” , me comentó hace casi treinta años Juan Pablo Pérez Alfonso, insigne venezolano, y uno de los fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). En realidad, el petróleo es solo un material negro y viscoso, que en nuestras manos no se asemeja a esta imagen. Sin embargo, él anticipó lo que hoy conocemos como la “maldición de los recursos naturales”, o “la paradoja de la abundancia”. Se refiere al hecho de que la mayoría de Estados que dependen de los ingresos generados por la exportación de petróleo o minerales, se encuentran económicamente inestables, corruptos y conflictivos. Asimismo, la mayoría tiene indicadores sociales excepcionalmente pobres en relación con sus ingresos per cápita, ya sea en el Medio Oriente, Asia, África o América Latina.

Aunque son diversos factores que explican esta “maldición”, la falta de transparencia en las industrias extractivas es un punto de partida importante. Estas actividades se ubican entre las más lucrativas del mundo, pero también entre las menos transparentes. La mayoría de empresas en estos sectores no publica lo que paga a los gobiernos, y la mayoría de los Estados exportadores no revela lo que recibe ni lo que gasta. Esto significa que grandes cantidades de dinero son virtualmente imposibles de fiscalizar –la receta perfecta para la corrupción y el despilfarro–. Tal como un Ministro de Finanzas de la OPEP me comentó: “La gente roba porque sería loco no hacerlo”. Por esta razón, la corrupción en los países exportadores de petróleo es notablemente mayor que el promedio mundial. Esta corrupción, a su vez, aumenta los costos de transacción para hacer negocios, influye negativamente en el nivel de inversión extranjera directa, reduce la productividad del gasto y afecta a las decisiones de inversión en forma perversa.

Donde no hay fiscalización, los gobernantes distribuyen las rentas a sus amigos, aliados, tribus y partidos, en lugar de buscar fórmulas de redistribución para reducir la pobreza y la desigualdad. A pesar de las grandes sumas de petrodólares que entran al tesoro público (o debido a ellas), el ingreso per cápita en los países de la OPEP ha caído constantemente durante los últimos treinta años; mientras que el ingreso per cápita en los países en desarrollo que no producen petróleo ha aumentado. Hoy, más de un tercio de los países que dependen del petróleo, al menos para el 30% de sus ingresos, tiene ingresos per cápita debajo de los US$ 1.500. Como se dice, son “oil rich but dirt poor”. Asimismo, la dependencia de las rentas petroleras está asociada con mayores gastos militares y la creación de enormes aparatos represivos, generalmente apoyados por las superpotencias interesadas en proteger su acceso a estos recursos.

La falta de transparencia también contribuye en forma negativa a la volatilidad de los precios, especialmente los de petróleo pero también los de minerales. Hoy la información disponible para las empresas, los países y los traders es tan pobre, que las respuestas pueden tener poca relación con los fundamentos del mercado. Al contrario, los saltos de precio tienden a ocurrir como respuesta a una mezcla de rumores, pronósticos incorrectos y miedos geopolíticos. Los países en desarrollo no pueden adoptar políticas económicas y sociales sensatas, en Estados débiles que experimentan fluctuaciones rápidas en su principal fuente de ingresos.

La construcción de la transparencia es muy difícil, sin embargo, porque tanto las empresas como los gobiernos tienen un interés de corto plazo en mantener la opacidad. Para las empresas, la confidencialidad influye en la manera de reportar costos e informar sus ganancias a los gobiernos, en los impuestos que deben pagar, la posibilidad de ofrecer bonos o pagos extraordinarios para aumentar su ventaja comparativa frente a otras empresas, y los estándares de seguridad y ambientales que deben o no deben cumplir. Para los gobiernos, la opacidad también afecta el tipo de contratos que pueden hacer y si los ingresos son detectables o no. Además, los líderes en los países exportadores reciben ventajas políticas de un Estado opaco, que pueden convertir en un “honey pot” o botín, distribuyendo la riqueza mediante redes de clientela civiles y militares. Esta situación no se limita a los países mas “calientes”, como Irak, Sudan, Chad, Nigeria o Colombia, sino también a otros con serias fisuras internas, como Venezuela, Ecuador, Azerbaiján, Irán, Arabia Saudita y Rusia.

Esta ventaja política, además, tiene un mayor costo a largo plazo. Vivir de estas rentas tiende a ser un obstáculo para la construcción de un Estado eficaz y una democracia duradera. Históricamente, la construcción de sistemas tributarios ha sido el principal medio para forjar Estados capaces y legítimos. Al tener que recaudar recursos de su propia población, y negociar con diversos grupos sociales, se establecen contratos sociales e instituciones públicas eficientes. Asimismo, la tributación fomenta el flujo de información entre gobernantes y gobernados, y las demandas para la representación y fiscalización. En cambio, vivir de las rentas de los recursos naturales y no de los impuestos, les niega a los líderes estos incentivos para el buen gobierno, mientras que construyen sus bases de apoyo en el reparto arbitrario de la bonanza. Esta no es una formula viable para el desarrollo, cuando las poblaciones están creciendo y la volatilidad de precios se acelera.

Algunos países exportadores de petróleo y minerales tuvieron la suerte de construir instituciones políticas eficaces antes del descubrimiento de estos recursos, como es el caso de Noruega. Con una burocracia estatal fuerte y una democracia vibrante, las nuevas rentas fueron manejadas en ese país en forma estricta y transparente, para dirigir el gasto social hacia los más pobres y fortalecer al sistema educativo. Sin embargo, la mayoría de los exportadores de petróleo tiene un problema de secuencia: la construcción de un Estado moderno ha sido simultánea o posterior a la explotación de estos recursos. Con rentas altas, no tienen incentivos para negociar contratos sociales ni construir instituciones eficaces. Como muchos investigadores han señalado, el buen gobierno, la transparencia y la participación son prerrequisitos para la utilización efectiva de las rentas petroleras para reducir la pobreza y el conflicto social, no al revés. Esta es la esencia de la “paradoja de la abundancia” –es más fácil y rápido construir un oleoducto, que un Estado eficiente y representativo–.

Que hay una creciente convergencia hoy alrededor de la transparencia, es indudable. Motivado por los escándalos energéticos de alto perfil, la posibilidad de resultados devastadores en los nuevos exportadores de África Occidental, y las preocupaciones mundiales sobre el precio y la oferta futura del petróleo, los países y las compañías sienten cada vez más presión para cambiar sus prácticas. Han surgido esfuerzos como la Iniciativa para la Transparencia en las Industrias Extractivas (EITI), promovido por el Gobierno británico, el Banco Mundial y otras entidades (y a la cual está suscrita el Perú); y la campaña Publish What You Pay, promovida por una coalición mundial de ONG –que incluye a Catholic Relief Services, Save the Children y Transparency International– y por el financista George Soros.

Sin embargo, las empresas interesadas en la reforma tienen miedo de actuar primero y ser ganadas por otras menos escrupulosas. Por lo tanto, si la transparencia fuera obligatoria –por ejemplo, para todas las empresas extractivas registradas en los Estados Unidos–, esto tendría el efecto doble de eliminar el miedo a ser primero y de nivelar la cancha. Tal medida incluiría a casi todas las multinacionales significativas, tanto de Europa, Rusia, China, India como Brasil. En nuestra opinión, tales medidas son un acompañante imperativo a cualquier campaña de transparencia voluntaria.

Seamos claros. La transparencia en sí no es la solución para la crisis energética y las tremendas amenazas de inestabilidad y guerra que esta implica. Tampoco puede por si sola resolver la “paradoja de la abundancia”. Esto requiere un esfuerzo coordinado de todos los stakeholders –empresas, gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y ONG transnacionales– para diseñar nuevas leyes y prácticas que rigen el sector extractivo, y para redistribuir los recursos generados hacía el bienestar social. Si esto no ocurre, si estos recursos no se manejan en forma más eficiente y progresiva, se perjudicarán las vidas de millones de personas, la estabilidad de los mercados, la salud de nuestro planeta y las posibilidades para la paz. Así, lamentablemente, el ilustre Juan Pablo Pérez tendría razón.
También puede leerlo en:
http://www.puntodeequilibrio.com.pe/punto_equilibrio/01i.php?pantalla=noticia&id=15666&bolnum_key=25&serv_key=2100

jueves, 24 de julio de 2008

EL ORIGEN DE LA ACTUAL CRISIS FINANCIERA INTERNACIONAL

Charles Philbrook*

LIMA, PERU - Julio 24, 2008 - El mundo va hacia una gran crisis financiera cuyas consecuencias en la producción y el empleo ya empiezan a sentirse en economías desarrolladas y emergentes, en Asia, Europa y América Latina. Todo indica que esta vez no hay nada que los bancos centrales puedan hacer, pues, o salvan a los mercados financieros del precipicio al que los han llevado -pero dejan que el alza en los precios se desboque- o acaban con esta alza -subiendo las tasas de interés-, y estoicamente contemplan cómo estos mercados se despeñan. El mundo, queda claro, se encuentra entre dos grandes peligros, dos monstruos, Escila y Caribdis, de forma que si nos alejamos de uno nos acercamos al otro. Pero ¿cómo se llega a esta situación?

Quienes ven pasar el mundo desde la rive gauche encuentran en esta crisis una prueba más, una indudable prueba más, de que su origen yace en una 'falla de mercado'. Nada, sin embargo, más alejado de la verdad, porque como irán descubriendo, a medida que avancen en la lectura, todo este desbarajuste financiero tiene su origen en una 'falla de gobierno' (que las hay, y muchas). Cada vez que un gobierno interviene en la actividad económica estableciendo o fijando el precio de tal o cual producto, se presentan dos escenarios posibles: o hay escasez, es decir, exceso de demanda (a la que se llega cuando el precio gubernamental se encuentra por debajo del precio al que la libre interacción en el mercado lo llevaría -castigando así a los productores-) o hay sobreoferta (que se da cuando el precio gubernamental se encuentra por encima del precio de mercado -castigando ahora al consumidor-). Una y otra vez, cuando los gobiernos intervienen fijando o controlando precios, se llega inevitablemente a uno de estos dos resultados descritos. Y se llega a esta situación porque únicamente a través de la interacción entre productores y consumidores los mercados 'descubren' ese precio en el que lo que se consume es igual a lo que se produce. No hay manera posible de que los gobiernos tengan acceso a esta información si esa interacción no se ha dado. Pues bien, vayamos directamente a la falla de gobierno. La tasa de interés -que algunos desinformados economistas definen como 'costo del dinero'- probablemente sea la variable más importante en toda la economía. Y, sin embargo, y siendo la más importante, es la variable que en la mayoría de países sigue siendo arbitraria y centralmente planificada desde el Estado, desde los bancos centrales (¿dónde está el 'libre mercado'?). Cada vez que un banco central fija la tasa de corto plazo (que influye en las de largo plazo) por debajo de la wickselliana tasa natural de mercado, en la que el ahorro y la inversión se encuentran en igual nivel, se incentiva la inversión pero se castiga el ahorro. De igual manera, cuando arbitrariamente se fija ésta por encima de la tasa de mercado, se incentiva el ahorro y se reduce el nivel de inversión. Hasta aquí uno puede fácilmente argüir que es bueno que aumente la inversión porque esto lleva a una mayor producción y a un mayor nivel de empleo. Éste, sin embargo, es un enfoque equivocado, porque si una 'artificialmente' baja tasa de interés aumenta la inversión a costa de un menor ahorro, ¿cómo o 'quién' cubre ese diferencial? Ese diferencial, como podrán intuir, debe de salir de algún lado, y ya que no sale de este último ni sale de una mayor producción (que todavía no se ha llevado a cabo), sólo puede salir del monopolista central del dinero que lo crea literalmente del aire, ex nihilo, de la nada. Esta artificial expansión del dinero y el crédito, que no tiene un soporte sólido ya que no está basado en un mayor ahorro, es la causa del ciclo económico, es la razón principal por la que las economías experimentan periodos de auge y recesión, y es la sílaba decisiva que siempre le faltó a esa charada teórica que siempre fue el marxismo. La sobreinversión y posterior colapso de los márgenes en las utilidades corporativas, que Marx atribuía a fallas 'inherentes' al capitalismo, en realidad, eran y siguen siendo fallas inherentes a la institución monetaria de la banca central

Leer más en:
http://www.ileperu.org/contenido/articulos1/philbrook_cicloecon_bancoscentrales.pdf

domingo, 6 de julio de 2008

Obama, McCain y América Latina

Por Juan Carlos Hidalgo

Juan Carlos Hidalgo es Coordinador de Proyectos para América Latina del Cato Institute.

América Latina finalmente fue tema de discusión en la campaña presidencial estadounidense cuando tanto John McCain como Barack Obama visitaron Miami, uno de los focos de la comunidad hispana en Estados Unidos. Tal como se esperaba, Cuba fue el tema principal de sus discursos, con ambos candidatos renovando el tradicional llamado a luchar por la libertad en la isla. Si tan solo sus propuestas no fueran más de lo mismo.

McCain declaró que él “no esperará pasivamente a que los cubanos lleguen a disfrutar de la libertad y la democracia”, pero su propuesta fue exactamente esa: esperar hasta que el régimen de los Castro repentinamente permita elecciones libres y la existencia de una oposición. McCain prometió mantener la política actual hacia Cuba, como si los casi 50 años de embargo estadounidense hayan arrojado resultado alguno.

La propuesta de Obama con respecto a Cuba es un poco más atrevida, pero no llega a romper el status quo. El candidato demócrata permitiría a los cubano-estadounidenses viajar y enviar remesas a la isla sin ningún tipo de restricción. No obstante, también prometió mantener el embargo y la prohibición de viajes para el grueso de la población estadounidense. Si bien recibir más dinero y visitas de sus parientes ricos en los EE.UU. mejorará las condiciones de vida de muchos cubanos, La Habana continuará tildando al “bloqueo” (como lo llaman) como un acto de agresión por parte de Washington.

El embargo y la prohibición de viajes encajan perfectamente en la estrategia del régimen de los Castro de satanizar a EE.UU., al mantener a sus productos y a su gente lejos de las costas cubanas. Desafortunadamente, poco cambiará en este sentido en un gobierno de McCain u Obama. En particular, resulta irónico que McCain respalde el embargo a Cuba cuando no hace mucho él fue uno de los principales proponentes de normalizar las relaciones comerciales entre EE.UU. y Vietnam, un régimen comunista similarmente represivo que incluso lo encerró y torturó durante años.

No obstante, la visión general de McCain sobre América Latina es mucho mejor que la de Obama. El candidato republicano una vez más insistió en la importancia de los tratados de libre comercio como piedra angular de la relación de Washington con la región. Además, subrayó el papel que juegan los acuerdos comerciales en generar prosperidad y fortalecer las democracias latinoamericanas, y renovó su llamado a aprobar el TLC con Colombia lo antes posible.

Obama, en cambio, aunque varias veces habló de no tratar a la región como un “socio secundario”, ofreció una serie de políticas condescendientes que fortalecen la imagen arrogante de EE.UU. que él dice querer erradicar. Al proponer una “nueva alianza de las Américas” (¿otra?), Obama ofreció salvar a América Latina de sí misma. De acuerdo al candidato demócrata, el populismo y el autoritarismo latinoamericanos son el resultado del fracaso de EE.UU. de no involucrarse lo suficiente en la región. Obama pareciera creer que solamente Washington puede rescatarnos de nuestras propias fallas.

Obama, quien recientemente prometió “perfeccionar” a EE.UU., parece considerarse igualmente capaz de “atacar cada fuente de miedo en las Américas” y a declarar la “libertad de la necesidad” en la región. De ahí su promesa de “aumentar considerablemente” la ayuda extranjera para América Latina, a pesar del récord mediocre del asistencialismo en sacar de la pobreza a los pueblos alrededor del mundo. Si bien los políticos de la región probablemente aplaudan el ofrecimiento, darles ayuda externa a los gobiernos en lugar de promover acuerdos comerciales que benefician directamente a sus ciudadanos acentúa la percepción de de que EE.UU. ve a los latinoamericanos como “parientes pobres” en vez de iguales.

Más preocupante aún es la receta de Obama contra el tráfico de drogas. El candidato demócrata promete intensificar la participación estadounidense en la región, y brindar más recursos a los gobiernos a cambio de “puntos de referencia claros en cuanto a capturas de droga, procesamientos de demandas de corrupción, reducción de la delincuencia, y la cantidad de jefes de carteles capturados”. La imposición de “puntos de referencia” sobre gobiernos soberanos es inconsistente con la promesa de Obama de “respeto mutuo” entre EE.UU. y América Latina.

Se ha hablado mucho sobre cómo América Latina ha sido ignorada durante la administración Bush y que, como resultado, necesitamos un mayor involucramiento de Washington en la región. Esto es simplemente falso. La prosperidad y la democracia dependen en última instancia de los mismos latinoamericanos y las políticas que implementemos. EE.UU. puede ayudar fortaleciendo los lazos comerciales entre ambos lados, no dando limosnas. McCain parece entender esto. Obama todavía no.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universal (México) el 14 de junio de 2008.

LOS PRECIOS DEL PETROLEO Y LOS SUBSIDIOS

Por Manuel Hinds

ExMinistro de Finanzas de El Salvador y autor de Playing Monopoly with the Devil: Dollarization and Domestic Currencies in Developing Countries (Council on Foreign Relations, 2006). La semana pasada vimos cómo los precios reales de la comida, aunque han subido muchísimo con respecto a hace uno o dos años atrás, no han alcanzado, ni con mucho, los niveles más altos de los últimos cincuenta años, que para esos productos se dieron alrededor de 1974. Los precios reales, es conveniente recordar, son los precios corrientes divididos por el nivel de precio general de la economía, de tal forma que se neutraliza el efecto de la inflación general en los precios. Comparando el comportamiento de los precios reales de un promedio de 19 productos comestibles con los precios reales del petróleo y del oro vemos que la historia de los precios reales del petróleo y del oro, los dos productos primarios que se han apreciado más en los últimos años, ha sido muy diferente de la de los precios de la comida. El precio real del petróleo en mayo de 2008 ha excedido ampliamente el récord que había alcanzado en diciembre de 1979. Ahora es 22 por ciento más alto que ese récord ya superado y está aumentando muy rápidamente. Por su parte, el oro ha seguido con un retraso de unos meses la trayectoria de los precios del petróleo, de forma que aunque todavía no alcanza los niveles récord que alcanzó en enero de 1980, es muy probable que los alcance en unos dos o tres meses si las tendencias siguen iguales. Los precios de la comida, en cambio, apenas llegan alrededor de 44 por ciento del nivel récord que alcanzaron en 1974 y se están incrementando a una tasa mucho más baja que las que mueven al oro y al petróleo. Esto demuestra que, aunque debe prestarse gran atención al problema del costo de los alimentos, es también crucial prestar atención a los problemas que el costo del petróleo está causando a los salvadoreños. Como en el caso de la comida, el aumento de los precios del petróleo (y particularmente su impacto en el costo del transporte), está forzando a las personas a reducir su consumo de otras cosas para poder pagar el costo creciente del combustible. Para alguna gente lo que tienen que sacrificar es fácil de prescindir. Para otros es un consumo indispensable o una inversión también indispensable, como es el caso de las familias que tienen que dejar de mandar a sus hijos a la escuela. Como todo el mundo dice, en este momento el poder del Estado debe volcarse a proteger ese consumo e inversión indispensables. Dentro de los múltiples problemas que esto plantea, hay dos que merecen una discusión inmediata. El primero es reducir el precio de los tiquetes del transporte público a través de una reducción drástica del número de buses en circulación, una solución planteada por muchos expertos en la materia que no se ha llevado a cabo porque muchos políticos son dueños de buses. El otro problema es la necesidad de acumular recursos para luego trasladarlos en subsidios focalizados a los más necesitados. La fuente más inmediata de recursos que tiene el gobierno es reducir los gastos en otras actividades menos importantes para redirigirlos hacia estos subsidios focalizados. Estos gastos, por supuesto, no deben de reducirse en rubros indispensables como educación, salud o seguridad. Los filones más grandes que hay que reducir son los gastos de propaganda y los subsidios que se dirigen no a los más pobres sino a los consumidores en general, que incluyen los subsidios al gas, la electricidad y otros que van a gente que no necesita los subsidios. Estos subsidios son tan grandes que recientemente Fusades y el PNUD advirtieron que no son sostenibles. Será necesario, entonces, reducirlos por dos razones: para ahorrar en el gasto y para redirigirlos a donde se necesitan más urgentemente. Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 6 de junio de 2008.