domingo, 14 de marzo de 2010

Un Perú más libre

Por: Juan José Garrido
La libertad no es poca cosa. Es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra -o de no obrar-, por lo que es responsable de sus actos. No obstante la sobriedad del enunciado, para muchos la misma constituye un peligro, un abierto desafío a los planes que -para el colectivo- ellos tienen en mente. “Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”, decía el abogado argentino Mariano Moreno; y es que, sin duda, esa es la alternativa: libertad o servidumbre.
Afortunadamente para los peruanos, frente a dicha alternativa hemos valorado en mayor medida, en los últimos años, la libertad. Y en el último Índice de Libertad Económica (publicado por la Fundación Heritage y el prestigioso Wall Street Journal) el Perú destaca en el puesto 45 de 179, situándonos en una privilegiada posición de cara al futuro. Y es que, aunque para algunos aún cueste aceptarlo, las correlaciones positivas entre dicho indicador y variables representativas de calidad de vida son más que evidentes (para aquellos que gustan de los guarismos, la relación entre libertad económica e ingresos per cápita es 0.67).
Más allá del puesto, que al final es sólo un indicador relativo, lo importante es que hemos mejorado en el último año en 3 puntos, situándonos por ello entre los 15 países con mejores reformas en dicho plazo. De los 10 indicadores utilizados, entre los que destacan libertad comercial, libertad empresarial y el respeto a la propiedad privada, hemos mejorado en 6, sólo retrocediendo en los ámbitos de libertad fiscal y monetaria, los cuales se explican por el difícil entorno macroeconómico mundial.
Los enemigos de la libertad, que sin duda existen y abundan por nuestros lares, sostienen que dichas libertades sólo benefician a unos pocos en desmedro de muchos. Eso es, sencillamente, falso: la libertad económica no sólo beneficia a todos, sino que beneficia en mayor medida a los más pobres, para quienes pequeños incrementos en sus ingresos significan sustanciales mejoras en su calidad de vida. La pobreza a nivel mundial se ha reducido durante la última mitad del siglo XX más que en toda la historia pasada junta; en el Perú, dichas mejoras en el Índice han significado reducir la pobreza de 55% en 1990 -cuando se hicieron las reformas- al 36% actual. Aún falta mucho por hacer, sin duda; empero, para esos 5 millones de peruanos que han franqueado la brecha, la diferencia es fundamental: menor mortalidad infantil, mayor acceso a escolaridad, mejores niveles de sanidad, entre otras. Como advertimos, la libertad no es poca cosa.

Entre dos Alternativas: ¿Granos o Arena?

Por: Juan José Garrido
Según un reciente estudio del Banco Mundial, para el año 2050 seremos 9 billones de personas habitando el planeta. Es decir, la población crecerá en los próximos 45 años en 50%. En el Perú, de acuerdo a las últimas cifras corregidas por el INEI y utilizando el crecimiento poblacional promedio de los últimos 10 años, en el 2050 seremos cerca de 47 millones; es decir, habremos duplicado nuestra población en dicho lapso.
Hoy, los peruanos contamos cerca de 11.5 millones de pobres (es decir, 48% de la población total), de los cuales 4.3 millones viven en extrema pobreza (léase, 18%). Asimismo, aproximadamente 6.5 millones (es decir, 27%) viven en zonas rurales, mientras que la diferencia (cerca de 17.5 millones) viven en áreas urbanas. Si bien es fácil inferir que la pobreza es distinta en las zonas rurales que en las zonas urbanas, lo cierto es que las políticas pro-desarrollo alivian discriminadamente, por lo que hay que buscar mecanismos que funcionen tanto en una como en la otra zona.
Hasta la década del 60, el Perú era un país que había desarrollado un capital agro-exportador e industrial, dinamizando con ello la economía a largo de la costa; en la sierra, era la minería y ganadería –en menor medida- quienes asumían dicho rol. El robo por parte del estado en la era velasquista –apelado por algunos como “Reforma Agraria”- polarizó aún más a la población, convirtiendo el 23% de pobres en 1961 al 55% que tocamos en 1991.
A los peruanos, nos ha tocado vivir –en estos últimos 4 años- un período de resplandeciente y esplendorosa bonanza, fruto –que duda cabe- de factores externos cíclicos. Ellos, han dinamizado brutalmente nuestra economía, generando miles de puestos de trabajo conexos a los de carácter primario. Por ello, se ha reducido la pobreza del 54% existente en el 2001 al 48% de hoy. Ello, sin reforma del estado, sin privatizaciones y sin mejora de la calidad institucional.
Podemos concluir algunas cosas de lo visto en los párrafos anteriores: en primer lugar, la necesidad -y consiguiente demanda- por materias primas debería mantenerse estable una buena cantidad de años; ceteris paribus, los factores externos pueden seguir siendo beneficiosos para los peruanos. Por ello, sería necesario apostar a un modelo de integración comercial, económica e institucional ahora que las cosas están dadas para ello.
En segundo lugar, los peruanos vamos a tener un problema mayúsculo en muy pocas décadas, producto de la tasa –1.5% promedio en los últimos 10 años- de crecimiento poblacional, la cual nos obliga a crecer a tasas de 6 a 8 por ciento a fin de reponer la depreciación de los factores de producción, la tasa de crecimiento poblacional y los factores monetarios (inflación y devaluación). Crecer a menor ritmo implicaría mantener o ahondar el problema de esos 11.5 millones de peruanos.
En tercer lugar, es necesario terminar la discusión sobre qué modelo aplicar; no podemos, en pleno siglo XXI, seguir pretendiendo escapar a dicho final. La globalización ha polarizado a los países. En eso, los socialistas tienen razón; sin embargo, se equivocan en las causas del mismo. Para ellos, la globalización ha empobrecido a los países pobres del sur, enriqueciendo a los países ricos del norte (el famoso eje norte-sur de riqueza-pobreza). Esto es completamente falso. Los países que se han sumado a la globalización están enriqueciéndose, y los países que han optado por cerrarse, se están empobreciendo. Esa es la real polarización.
La globalización es un fenómeno que arrastra consigo mejoras en la calidad de las instituciones (lo cual responde el 30% del crecimiento de un país), así como mejoras en la productividad total de los factores (PTF), la cual responde a otro 50% del crecimiento económico, según evidencias globales.
¿Hasta cuando vamos a seguir pateándole el tablero a esos 11.5 millones de peruanos? ¿Puede alguien realmente creer que las políticas de robo –léase expropiación o nacionalización, como quieran llamarle- van ha solucionar el problema? Los chicos que plantean esta propuesta, ¿han examinado las consecuencias -vividas por tantos países- de este tipo de ofertas? ¿Creen realmente que Bolivia, hoy, será la vedette principal en el cabaret de la inversión extranjera directa (IED)?
Realmente, sino es falta de razonamiento y lucidez, pues se le parece mucho. Seguirle mintiendo a los pobres, vendiéndole la peregrina idea que el estado será un patriarca leal, es seguir creando mayor miseria, pobreza y frustración. Al ser la relación de carácter endógena, los pobres seguirán aumentando, y con ello se agravará aún más la situación.
Sólo la integración, la estabilidad económica, jurídica e institucional, la reducción del estado a niveles que permitan su manutención, y el respeto irrestricto a la libertad podrán generar esa tasa de crecimiento que tanto necesitamos. ¿Cómo hacer para que lo entiendan? ¿Ó será posible que nosotros elijamos -alguna vez- bien? No que el candidato alterno sea una lumbrera o iluminado, pero no es necesario probar la arena para saber que no es comestible.

Sopesando las alternativas de ADEX

Por Juan José Garrido
En reciente entrevista, el Presidente de ADEX sostiene tres premisas sobre el sector que dirige: primero, que las exportaciones son “el motor de la economía”; segundo, que en el manejo de la crisis: “lo que se ha promovido son las importaciones, que no generan mano de obra”; finalmente, interrogado sobre el drawback sostiene apenado: “a mitad de año se bajará a 6.5%, pero no entendemos cuáles son las razones”.
Dado que a la Asociación de Exportadores le preocupa —según sus declaraciones— mejorar la calidad de vida de los peruanos, nos figuramos que una discusión sobre las premisas expuestas serían oportunas.
Podríamos, por ejemplo, revisar la data que contrasta la primera premisa: en los últimos cinco años las exportaciones —como porcentaje del PBI— han significado 26.81% en promedio; el sector servicios, sin embargo, representa 40.43% del mismo. Sin duda es extraordinario el crecimiento de los sectores transables, lo cual se traduce en mayores y mejores puestos de trabajo, estabiliza nuestra economía, et al; empero, es la revolución en el sector servicios —tal como India (ver http://www.voxeu.org/index.php?q=node/4673)— la que pone en duda el supuesto de la industrialización como clave necesaria para lograr el desarrollo.
Sobre la segunda premisa, sería conveniente adelantar que las importaciones sí generan puestos de trabajo —de hecho, está muy ligado a la revolución en servicios mencionada anteriormente—. Empero, las ventajas de las importanciones no residen sólo en el plano laboral; siguiendo los deseos de ADEX, suponemos que será una buena noticia hacerles notar que un mayor ingreso de bienes importados implica mejores alternativas para los consumidores locales: en calidad, precios, conceptos, diseños y propiedades, entre otros; y las ventajas no acaban allí. Las importaciones proveen de nuevas tecnologías, inducen a nuevos procesos de gestión y negocios, y otros beneficios colaterales. Todo ello, en su conjunto, significa mayor demanda de puestos de trabajo y, por supuesto, mejoras sustanciales en la calidad de vida de millones de peruanos.
Finalmente, sobre el tercer argumento, la premisa contradice el objetivo de ADEX. Por supuesto que el drawback mejora la calidad de vida de unos peruanos, aquellos directamente relacionados al sector exportaciones; empero, esas mejoras son a costa del resto de peruanos. Es decir, se perjudica a millones de peruanos para hacerle el negocio más fácil a un grupo reducido de favorecidos —abaratando, de paso, los bienes a los consumidores extranjeros, la mayoría de los cuales son países inmensamente más ricos que el Perú—.
Entre las premisas de ADEX y su objetivo, nos quedamos con lo segundo; bueno fuera que ellos también.

jueves, 25 de febrero de 2010

Lo que se ve y lo que no se ve

por Xavier Sala-i-Martin
Xavier Sala-i-Martín es catedrático de Columbia University y Profesor Visitante de la Universidad Pompeu Fabra.
Bayona, 1839. Un gamberro lanza una piedra contra una panadería y rompe una ventana. El panadero sale enfurecido y se echa a llorar porque va a tener que pagar un nuevo cristal. Los viandantes se reúnen a su alrededor y, al principio, se solidarizan con su desgracia. De repente, uno de ellos explica que el infortunio no es tal ya que el dinero que el panadero va a gastar representará un ingreso para los cristaleros (quienes, al fin y al cabo, viven de los cristales rotos). Estos van a gastar ese dinero en la carnicería en beneficio de los carniceros, que a su vez van a gastarlo en el teatro en beneficio de los actores,y así sucesivamente hasta suponer un enorme efecto positivo sobre la economía agregada, a través de lo que los economistas keynesianos llaman el efecto multiplicador. Tras concluir que la gamberrada era buena para la sociedad, los viandantes abandonaron al panadero a su suerte.
Esta historia, conocida como la paradoja de los cristales rotos, fue contada por primera vez por el economista francés Frédéric Bastiat en 1839 en un fantástico libro llamado Ce qu'on voit et ce qu'on ne voit pas (Lo que se ve y lo que no se ve). La tesis principal del libro es que muchos analistas cometen errores garrafales porque se fijan sólo en “lo que se ve” e ignoran “lo que no se ve”. En el ejemplo del cristal roto, “lo que se ve” es que el panadero va a tener que gastar dinero para reparar la ventana y eso va a afectar positivamente a quien recibe el pago, el cristalero. “Lo que no se ve” es que el dinero que el panadero gastará en cristales iba a ser destinado a comprar otras cosas, como por ejemplo, un traje. Al no poder comprarlo, el sastre no ingresa nada, el carnicero del sastre tampoco y los teatros a los que iba a acudir el carnicero del sastre tampoco. Es decir, que el efecto multiplicador resultante de reparar el cristal solamente sustituye a un efecto idéntico que hubiera generado el gasto en cosas alternativas. Al no haber efectos netos positivos, lo único que queda es un cristal roto. Y eso es malo.
Les explico todo esto porque los gobiernos del mundo entero intentan reactivar la economía a través de programas Renove que subsidian la compra de coches nuevos a cambio de la destrucción de coches viejos. Según esos planes, el gobierno se constituye en un gran gamberro (lo digo por analogía con el chaval que lanzó la piedra contra la panadería) y destruye toda una flota de coches que todavía funcionan con el argumento de que, al tener que repararlos, se va a fomentar la actividad económica: como en la paradoja de los cristales rotos, los fabricantes y distribuidores de automóviles tendrán ingresos adicionales, los gastarán y eso tendrá efectos positivos sobre la sociedad. También saldrán beneficiados los propietarios de coches viejos que reciban un subsidio superior al valor que su cacharro tenía en el mercado. Todo eso es “lo que se ve”. Ahora bien, “lo que no se ve” (y no se contabiliza) son las pérdidas de mecánicos y reparadores de coches, las de los vendedores de segunda mano a los que el Estado ha robado el negocio y las de los contribuyentes.
Además, está el malgasto en burócratas administradores del programa y sobre todo, lo que no se ve es el dinero que no ingresan las industrias que no van a recibir el subsidio y las que no van a obtener el dinero que los consumidores hubieran gastado si no hubieran tenido que pagar tantos impuestos. Es decir, si el Estado realmente cree que destruir automóviles viejos para fabricar los nuevos es bueno para la economía, ¿no debería también destruir neveras, televisiones de plasma y videojuegos? ¿Y por qué parar ahí? ¿Por qué no derribar edificios, carreteras y puentes? ¿Por qué no demoler ciudades enteras por el bien de la sociedad? ¿Verdad que no tendría sentido? Pues tampoco lo tienen los planes Renove. Porque destruir maquinaria y dedicar dinero a reemplazarla no genera suficientes beneficios para compensar la destrucción. La pregunta es: ¿por qué el Estado tiene tanto interés en ayudar a la industria del automóvil con cargo a los trabajadores-contribuyentes de todos los otros sectores?
La respuesta que se nos da últimamente es (¿cómo no?): ¡hay que combatir el cambio climático! De hecho, el nuevo plan se llama VIVE! de Vehículo Innovador, Vehículo Ecológico. Apesar de que el cambio climático se ha convertido en el comodín justificador de las políticas más ridículas e injustificables de planeta, citarlo no es suficiente: esas políticas también deben ser sometidas a la lógica económica. Nos dicen que los coches nuevos van a contaminar menos que los antiguos porque tienen una tecnología mucho más verde y sostenible. Eso es “lo que se ve”. Ahora bien, “lo que no se ve” (y lo que los ecologistas no contabilizan) es que para construir cada coche nuevo se necesita contaminar. ¿O no se emite CO2 y no se contamina cuando se produce el acero de la carrocería y el motor, la goma de los neumáticos, los plásticos de los interiores o la pintura exterior? La pregunta es: ¿la reducción de emisiones que van a tener los nuevos y eficientes coches será superior al incremento de polución que supondrá su fabricación? Según un artículo publicado en The New York Times por Michael Gerrard, director del Centro para del Cambio Climático de la Columbia University, la respuesta es no. También en la sostenibilidad, pues, las autoridades parecen ignorar la paradoja de los cristales rotos, esa vieja lección que ya se explicaba en 1839, sobre lo que se ve y lo que no se ve.
Este artículo fue publicado originalemente en La Vanguardia (España) el 17 de julio de 2009.