viernes, 19 de junio de 2009

La receta austriaca frente a la fantasía keynesiana

Por: Mark Thornton
La actual crisis ha revelado las raíces keynesianas de la economía convencional. El único debate ha sido el tipo y tamaño de los rescates y planes de estímulo. Por ejemplo, el premio Nobel Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia piensa que la nacionalización bancaria es preferible al plan de alivio de activos tóxicos de Geithner-Summers. La fantasía keynesiana es realmente una monomanía porque, en última instancia, consiste en la obsesión en una sola panacea, más gasto público. Entretanto, los austriacos defienden el conjunto de políticas contraria y han sostenido heroicamente su receta de la liquidación.
El elevado grado de unanimidad entre los economistas de la corriente principal (mainstream) a favor de los rescates y planes de estímulo se hizo evidente en la reciente convención de la American Economic Association. Además de esta unanimidad, los economistas convencionales se han convertido en más influyentes y poderosos que nunca. Por ejemplo, Paul Krugman, el premio Nobel en economía más reciente y columnista del New York Times, apoya los planes de estímulo para combatir la recesión.
No importa cuántos nuevos planes se ofrezcan, su única queja es que no es suficiente. El antiguo compañero de Krugman en la Universidad de Princeton, Ben Bernanke, a cargo ahora de la Reserva Federal, cree que si él puede arreglar los problemas de la economía financiera también puede evitar que los problemas se extiendan a la economía real.
Larry Summers, antiguo economista y presidente de la Universidad de Harvard es ahora el director del Consejo Económico Nacional del presidente Obama y, presumiblemente, el coordinador de los planes para atajar la crisis económica. Es interesante mencionar que Summers es el hijo de dos economistas académicos y es el sobrino de los premios Nobel,Paul Samuelson y Kenneth Arrow. También es considerado uno de los mentores del Secretario del Tesoro, Timothy Geithner, quien trabajó bajo órdenes de Summers en el departamento del Tesoro durante la Administración Clinton.
La receta austriaca contra la crisis
Todo esto me sugiere que esta crisis es un “test de mercado” para los economistas mainstream. Nunca antes tantos economistas académicos han tenido un papel tan importante en la política económica del Gobierno federal. Si incluimos a los dos de fuera (del Gobierno), Stiglitz y Krugman, con los poderosos de dentro (del Gobierno), Bernanke y Summers, tenemos una buena muestra acerca de la economía convencional de elite.
Dado que el Congreso ha votado muy pocas de las muchas medidas adoptadas por la Administración para atajar la crisis, se supone que este equipo económico, incluyendo al secretario Geithner, es responsable del diseño de la mayoría de las respuestas a la crisis.
Sus respuestas equivalen a medidas keynesianas puras y duras. En el último trimestre de 2007, aplicaron los típicos recortes de tipos de interés de la Reserva Federal. Luego, en enero de 2008, el primero de los movimientos sin precedentes vino de Bernanke cuando la FED empezó a subastar activos en la ventana de descuento. Esto fue seguido por una respuesta sin precedentes detrás de otra, rescates, estímulos, y garantías gubernamentales, tales como incrementar la cobertura del seguro del FDIC [Fondo de Garantía de Depósitos] sobre depósitos bancarios y extenderla a fondos del mercado monetario. Todo esto equivale a billones de dólares de más gasto público.
Es decir, Obama no trajo ningún “cambio”, tan sólo incrementó la magnitud y velocidad de las políticas. Los rescates, planes de estímulo y garantías públicas deberían ser vistos como una especie de proteccionismo por la puerta de atrás. Washington está protegiendo a Wall Street; está protegiendo a los bancos; está protegiendo a las compañías de automóviles; y está protegiendo los empleos en general. Entre los gobiernos extranjeros ya se han suscitado preocupaciones sobre este perfil rescatador del Gobierno, de proteccionismo y posibilidad potencial de una guerra en el comercio global.
Por supuesto, si señalas este punto a cualquiera de los economistas de la elite en Washington se burlarían y negarían la culpa. ¿Por qué? Porque todos los economistas saben que el proteccionismo sólo agravará los problemas. La Ley Arancelaria Smoot-Hawley convirtió a la Gran Depresión en algo mucho peor, y este creciente proteccionismo puede provocar guerras comerciales.
La receta austriaca para la crisis económica es muy simple y requiere poca acción por parte del Gobierno. El enfoque keynesiano es una receta para el desastre. Aquí están los ingredientes pasivos de la receta Austriaca:
Permitir la liquidación de empresas en quiebra y de su deuda: nada de rescates públicos.Permitir que caigan los precios: nada de inflación monetaria.No apoyar artificialmente al empleo: nada de estímulos económicos.No conceder avales públicos: nada de nacionalizaciones de las llamadas government-sponsored enterprises (GSEs) ni de expandir la cobertura del FDIC.No subvencionar el desempleo: nada de extender el subsidio de paro desempleo.No castigar o desincentivar el ahorro.
Esta receta producirá la recuperación más rápida posible y minimizará la magnitud del daño económico. El lado activo en términos de políticas austriacas consistiría en reducir el tamaño del gobierno, presupuesto, impuestos, y regulaciones.
Debería ser bastante obvio que los Austriacos y los economistas Keynesianos tienen opiniones totalmente contrarias acerca de cómo resolver la actual crisis económica. Para ver cómo podría resultar, echemos un vistazo hacia atrás a la historia económica americana.
El siguiente super ciclo
Los economistas convencionales identifican los giros en el ciclo económico mediante los datos que aporta elNational Bureau of Economic Research (NBER). Esta información parece sugerir que las contracciones se están haciendo más cortas en duración mientras que las expansiones son más largas. Sin embargo, hay muchos problemas significativos con los datos de los ciclos del NBER.
Un problema es que los datos del NBER oscurecen lo que denomino “super ciclos”, que no deberían ser confundidos con los ciclos de Kondratiev o las Olas de Elliot. El primero de estos super ciclos es la Era Progresiva, cuando se acometieron un conjunto de cambios radicales en la Constitución, el gobierno y la economía. Este super ciclo abarca los cinco ciclos desde 1907 a 1921. El segundo super ciclo fue la Gran Depresión desde 1929 pasando por la Segunda Guerra Mundial, y el tercer super ciclo fue laGran Estanflación de los ‘70, que duró desde 1970 hasta 1982.
Otro problema consiste en cómo medir mejor la economía a lo largo del ciclo económico. El NBER tiene en cuenta muchos factores para calcular los picos, valles, y recesiones, pero en gran medida se resumen en el PIB. Un problema con este enfoque es que a lo largo del tiempo el gasto público ha aumentado notablemente en relación al sector privado.
El gasto del Gobierno federal es menos susceptible a recortes durante las recesiones, debido al poder del Ejeuctivo para incurrir en déficits presupuestarios, subir impuestos y generar inflación. Las grandes cantidades de gasto público gubernamental hacen que los ciclos más recientes parezcan menos importantes que los antiguos ciclos cuando se mide en términos de PIB.
Sin embargo, el gasto público no es comparable al privado, ya que su valor no depende directamente de los consumidores, y buena parte de él es realmente nocivo para la economía. El Gobierno podría pagar a la gente para que cavara hoyos y a otra gente para que los llenara, y así se incrementaría el PIB, pero nadie sostiene que ése sea el camino de la prosperidad.
Tratando de corregir este problema con lo aportado por Murray Rothbard y los cálculos de Robert Batemarco, encontramos que los tres super ciclos del siglo XX coincidieron con el ascenso de intervencionistas de diversos tipos: los progresistas (1907-1921), los defensores del New Deal (1929-1945) y los keynesianos (1970-1982).
En contraste, si miramos a las recesiones normales, donde el país no estaba en guerra, estaba bajo el patrón oro y donde la política keynesiana no era dominante, nos encontramos una historia muy diferente. Por ejemplo, las recesiones de 1953-54, 1957-58, y 1960-61 fueron cortas en duración, poco profundas y fueron seguidas por un crecimiento robusto.
En la actualidad, la burbuja inmobiliaria alcanzó su cumbre en julio de 2005. La inversión privada, un indicador fundamental de la economía, hizo lo propio en 2006. A medida que las condiciones adversas en la industria constructora se extendieron, la economía se dio un traspié a finales de 2006 y otra vez a finales de 2007, antes de caer en clara depresión en 2008. El tamaño y alcance de los remedios de las políticas keynesianas empleadas desde finales de 2007 no tiene precedentes. Con el resurgir de la economía keynesiana sólo podemos concluir que las precondiciones para un nuevo super ciclo ya están puestas, y que si las políticas no se revierten, nos enfrentaremos a muchos años de condiciones económicas depresivas.
Artículo elaborado por Mark Thornton y publicado originalmente en el Ludwig von Mises Institute.

Por un cambio en el sistema de propiedad

por: Juan José Garrido Koechlin.
Los recientes acontecimientos, trágicos en todo sentido, han producido una plétora de acusaciones, explicaciones y sofismas de uno y otro lado, carentes de una solución al problema central de los pobladores de la Selva y, para tal caso, de la Costa y Sierra: nuestro sistema de propiedad.
A diferencia de otros países donde la propiedad se adquiere bajo el concepto de "apropiación original" –Homestead Principle- y donde el propietario es dueño tanto del suelo como del subsuelo -y los aires que esté en capacidad de usar-, en el Perú la propiedad está reglamentada en la Constitución (art. 66) bajo el principio estatista donde quien adueña el subsuelo y –por lo tanto- determina los fines de dicha riqueza, es el estado.
Esto, que para algunos será anecdótico, es lo que diferencia a un tejano de un piurano o pucalpino: si el primero encuentra petróleo en sus tierras, es capaz de enriquecerse a partir de negociar -o explotar directamente- dicho recurso; por el contrario, si eso ocurriese en el Perú, el estado removería a los pobladores de la zona para concesionarla posteriormente, dado que es él quien apropia el subsuelo
El principio de "apropiación original" –proveniente de Locke-, establece que “la colonización y transformación pacífica es la condición para que un recurso que no tiene dueño se convierta en propiedad legítima; cualquier recurso que no haya sido "mezclado" con el trabajo de alguien, o que haya sido abandonado por su anterior propietario, es considerado como recurso sin dueño. La primera persona que "mezcle" su trabajo con el recurso se convierte en su propietario legítimo. Una vez que un recurso se ha convertido en propiedad legítima de un individuo, la única manera justa en que la propiedad puede ser transferida a otra persona, de acuerdo al principio de libertad individual, es a través del intercambio voluntario o por medio de donaciones".
El problema central no es pues, como algunos plantean, la inadecuada distribución de la riqueza, sino los principios de propiedad que rigen las vidas de los peruanos. Por ello, debemos establecer éste principio -otorgar propiedad real sobre las tierras y sobre los frutos de la misma- por dos motivos: porque es lo moral y porque es la única forma que los pueblos tienen de obtener una real capacidad de desarrollo. Si a ello sumamos bajos costos de transacción, se producirá necesariamente una reasignación de los derechos de propiedad establecidos hacia aquellos que los valoren en mejor medida (el Teorema de Coase), beneficiando así a todos los peruanos

sábado, 13 de junio de 2009

Cómo convertir una recesión en una depresión

por: William Niskanen
Willliam Niskanen es Presidente Emeritus de la Junta Directiva y Economista Distinguido. Este ensayo fue publicado originalmente en inglés enel Cato Policy Report de Marzo/Abril 2009.
Cuatro políticas económicas federales transformaron la recesión del presidente Herbert Hoover en la Gran Depresión: aranceles más altos, sindicatos más fuertes, tasas tributarias marginales más altas, y una contracción de la oferta de dinero. El presidente Obama, desafortunadamente, ha respaldado alguna variante de las primeras tres políticas, y en aproximadamente un año se enfrentará a una decisión crítica acerca de la política monetaria.
El comercio
La Ley de Aranceles Smoot-Hawley fue aprobada por el Congreso estadounidense en mayo de 1929, antes del colapso de la Bolsa de Valores en octubre, y fue implementada en junio de 1930 a pesar de la oposición de muchos economistas y de varios empresarios importantes. Se aumentaron en un 60 por ciento los aranceles sobre 3.200 productos importados, aunque muchas importaciones continuaron ingresando libres de impuestos. Además, gran parte de los aranceles eran en dólares por unidad, por lo que el costo real de los aranceles aumentó con la deflación que vino después. Esta ley provocó que otros 60 gobiernos implementaran aranceles en retaliación. Los aranceles más altos y la recesión general redujeron el total del comercio mundial en alrededor dos tercios para 1933, y la tasa de desempleo de EE.UU. aumentó de 7,8 por ciento cuando la ley Smoot-Hawley fue implementada a 25,1 por ciento en 1933.
El senador Obama fue uno de los proponentes de la Ley de la Moneda Justa de 2007, la cual hubiera autorizado un arancel compensatorio sobre los productos importados de una economía que no fuera de mercado y que tuviera un tipo de cambio que subestimara el valor de su moneda. Aunque estaba dirigida principalmente a China, fue ampliada para incluir también a Canadá y a México. La aprobación de esta ley muy probablemente hubiera provocado algún tipo de retaliación. EE.UU. es especialmente vulnerable a una retaliación por parte de China debido a depende de ese país para financiar el déficit en su cuenta corriente. Una aseveración del secretario del Tesoro, Timothy Giethner, durante una audiencia para su confirmación, aumenta el prospecto de que la administración Obama decidirá que China ha manipulado su moneda. Durante su campaña para la presidencia, Obama también propuso abrir el TLCAN para renegociar los estándares laborales y ambientales, y se opuso a varios acuerdos comerciales pendientes que ya habían sido negociados pero que todavía no han sido aprobados. Durante las deliberaciones en el Congreso acerca de la ley de estímulo de 2009, sin embargo, el Presidente Obama expresó que se debía tener cuidado con cualquier provisión de “Compre estadounidense” que podría provocar una retaliación comercial.
Política laboral
La Ley Davis-Bacon de 1931 requirió que los trabajadores empleados en proyectos de construcción financiados por el gobierno federal no recibieran un salario menor al que recibían otros trabajadores de la zona en proyectos similares. La Ley Norris-LaGuardia de 1932 hizo no ejecutables en las cortes federales a los contratos yellow dog, los cuales hacían de la promesa de no afiliarse a un sindicato una condición para recibir empleo, y prohibió cualquier mandato judicial federal en las disputas laborales no violentas. Esto fue seguido por la Ley Wagner de 1935—la cual garantizaba el derecho de los trabajadores a organizar sindicatos, a tener negociaciones colectivas, y a huelgas—y la Ley de Estándares Laborales Justos de 1938, la cual estableció el salario mínimo federal y prohibió el trabajo infantil. Estas leyes aumentaron el costo real de los servicios laborales, especialmente en el sector industrial, y contribuyeron de manera importante al aumento substancial en la tasa de desempleo durante la Gran Depresión.
El senador Obama fue uno de los promotores originales de la Ley de Libre Elección de 2007, cuyo principal efecto hubiese sido prohibir el voto secreto en la decisión de certificar o no a un sindicato. Otra provisión de esta propuesta hubiese autorizado al Estado a escribir el contrato laboral en las empresas recientemente sindicalizadas si la administración y el sindicato no hubiesen acordado un contrato laboral inicial dentro de un tiempo determinado. Obama también ha sido un defensor consistente de salarios mínimos más altos, los cuales aumentan la tasa de desempleo para los trabajadores jóvenes y con poca preparación.
Impuestos
Un año antes del punto más bajo de la Gran Depresión, la Ley de Ingreso de 1932 aumentó la tasa marginal máxima del impuesto sobre la renta personal del 25 al 63 por ciento, subió la tasa del impuesto de renta corporativo del 12 al 13,75 por ciento, y duplicó la tasa del impuesto a las propiedades. La Ley de Ingreso de 1936 aumentó aún más la tasa marginal máxima del impuesto sobre la renta personal hasta llegar al 79 por ciento y la tasa sobre las ganancias corporativas no distribuidas a un 42 por ciento. Estas dos leyes tributarias aumentaron las tasas de impuestos federales más que en cualquier otro periodo de paz y extendieron la duración de la Gran Depresión al debilitar significativamente el incentivo para trabajar, invertir y aumentar la productividad.
Durante su campaña presidencial, el senador Obama propuso una combinación de créditos tributarios para hogares de ingresos bajo y medio, un aumento substancial en las tasas tributarias marginales para los hogares con un ingreso anual superior a los $250.000, y varios cambios selectivos en la tributación de las empresas. La tasa marginal máxima del impuesto sobre la renta sería aumentada del 35 al 39,6 por ciento, el impuesto marginal sobre las planillas aumentaría del 1,45 al 5,45 por ciento (más un aumento similar para el patrono), y la tasa sobre las ganancias de capitales y dividendos sería aumentada del 15 al 20 por ciento. Una eliminación gradual de la exención personal y de deducciones específicas añadirían alrededor de 4,5 puntos porcentuales a la tasa de impuesto marginal (un cálculo de la Tax Foundation).
La tasa tributaria marginal total, por lo tanto, aumentaría del 36,45 al 49,55 por ciento, reduciendo en alrededor de un quinto el rendimiento después de impuestos de los ingresos adicionales. Muchos propietarios de empresas pequeñas y muchas parejas profesionales estarían sujetos a estas tasas tributarias más altas. Obama no ha propuesto una reducción del impuesto de renta corporativo, aunque la tasa de éste es ahora la segunda más alta entre las naciones industrializadas. Los cambios que ha propuesto en cuanto a la tributación de empresas están diseñados para cambiar la composición de la actividad empresarial estadounidense, aumentando los impuestos sobre las empresas de petróleo y gas y las multinacionales estadounidenses que difieren la repatriación de ganancias en el extranjero a favor de empresas que produzcan energía renovable y aumenten el empleo doméstico.
Las tasas de impuestos federales propuestas por Obama no son muy distintas a aquellas que había antes de la era de reducción de impuestos de Reagan, pero constituirían un aumento considerable en relación a los últimos años en una época en que muchos otros gobiernos están reduciendo sus tasas de impuestos a la renta de las personas y de las empresas.
Política monetaria
En retrospectiva, el origen de la Gran Depresión parece sorprendentemente similar a las condiciones recientes—con una gran excepción. La Reserva Federal había aumentado la oferta de dinero desde 1921 hasta 1927 en aproximadamente un 60 por ciento, contribuyendo al rápido aumento en los precios de las acciones. A principios de 1928, sin embargo, la Reserva Federal inició una política de restricción monetaria que continuó hasta mayo de 1929, aumentando la tasa de descuento del 3,5 por ciento al 5 por ciento en tres etapas. Esto provocó el colapso de la bolsa en octubre de ese año.
La caída en los precios de las acciones y la deflación general que luego vendría condujeron a un gran aumento en la demanda de dinero. Sin embargo, luego del colapso del Banco de Estados Unidos en diciembre de 1930, la Reserva Federal aumentó las tasas de interés nuevamente a principios de 1931. De 1929 a 1933, la oferta de dinero se redujo en alrededor de un tercio, limitada por las reglas del patrón de oro, aunque el Banco de la Reserva Federal de Nueva York había urgido consistentemente por una política de expansión monetaria. Durante este periodo, el número de bancos estadounidenses también se redujo aproximadamente en un tercio debido a quiebras o fusiones.
Esta combinación de un gran aumento en la demanda de dinero y una reducción substancial en la oferta del dinero fue la principal causa de la primera etapa de la Gran Depresión. Este periodo de contracción monetaria acabó hasta 1933 cuando el presidente Roosevelt aumentó el precio del oro en un 75 por ciento, permitiendo una expansión renovada de la oferta de dinero. En 1936 y 1937, sin embargo, la Reserva Federal duplicó los requisitos de reservas bancarias, derivando en la recesión corta y severa de 1937-38 dentro del periodo más amplio de la Gran Depresión.
La política monetaria que condujo a la recesión actual era similar a la política que condujo la primera etapa de la Gran Depresión. La Reserva Federal mantuvo una política monetaria expansiva desde 2001 hasta 2004, con una tasa de interés más baja que la tasa general de inflación, contribuyendo tanto a la burbuja de bienes raíces como al aumento de los precios de las acciones en la bolsa de valores. Luego, desde mediados de 2004 y hasta mediados de 2007, la tasa de interés aumentó en 4,25 puntos porcentuales, derivando esto en una caída de la inversión en bienes raíces que empezó en la primavera de 2006 y una caída en la bolsa de valores y el producto interno bruto que empezó en el otoño de 2007.
Al igual que en la década de los treinta, la caída en los precios de las acciones y la deflación que luego vendría aumentaron considerablemente la demanda de dinero y de otros instrumentos financieros tales como los bonos del Tesoro. La gran diferencia con dicho período es que la Reserva Federal ha mantenido una política monetaria muy agresiva desde mediados de 2007, reduciendo la tasa de interés en 5 puntos porcentuales. Además, desde el último otoño, la Reserva Federal ha comprado una amplia gama de instrumentos privados y públicos, duplicando la base monetaria desde agosto del año pasado. Este cambio dramático en la política monetaria es principalmente atribuible a las lecciones que el presidente de la Fed, Ben Bernanke, ha derivado de su estudio de los errores de política monetaria cometidos en los años treinta.
El aumento muy rápido en la base monetaria desde agosto pasado fue, en mi opinión, la respuesta correcta al inmenso aumento en la demanda de dinero y probablemente sea mucho más efectivo que cualquier plan de estímulo. Sin embargo representa un peligro potencialmente grande para el futuro. Cuando haya algún repunte en la inflación general y un aumento de confianza en la seguridad de los activos no monetarios, la demanda del dinero caerá a un nivel más normal en relación al ingreso monetario total.
En ese momento, la Reserva Federal y el gobierno de Obama se enfrentarán a una decisión muy difícil—permitir una tasa de inflación alta o aumentar las tasas de interés lo suficientemente rápido como para evitar ese resultado. La primera opción sería la política de inacción; la segunda opción requeriría vender casi todos los activos financieros que la Reserva Federal ha acumulado en los últimos meses. Yo creo que la hora para esta difícil decisión no está muy lejos, probablemente dentro de uno o dos años, una suposición basada en el hecho de que desde noviembre ya ha habido algunos aumentos en los precios de las acciones y de algunas materias primas. Y ese será un momento difícil para tomar esa decisión. El periodo de Bernanke como presidente de la Fed expira en enero de 2010 y, por supuesto, también habrá una elección para el Congreso ese otoño, reduciendo los incentivos y el respaldo para un aumento rápido en las tasas de intereses. La segunda opción también representaría el potencial de una recesión y recuperación en forma de W, extendiendo así el período de crecimiento económico débil para evitar una alta tasa de inflación. De cualquier manera, la única forma de evitar enfrentarse a una decisión tan difícil en el futuro más distante es corregir las condiciones que condujeron a que esta recesión se convirtiese en una crisis financiera. Esto requeriría de una reestructuración del mercado hipotecario de tal forma que las hipotecas y los títulos respaldados por hipotecas sean más líquidos y sus riesgos más transparentes.
Otras políticas relacionadas
Las políticas comerciales y laborales de los años treinta fueron diseñadas para mantener los precios de los productos y del empleo, usualmente a cuesta de las cantidades ofertadas. Otras políticas tuvieron los mismos objetivos y efectos. La Ley de Recuperación Industrial Nacional de 1933 autorizó a los carteles a mantener los precios. Hasta que esta ley fue declarada inconstitucional en 1935, por ejemplo, miembros de estos carteles estuvieron sujetos a multas por ofrecer descuentos. La peor de tales medidas fue la Ley de Ajuste Agrícola de 1933; hasta que esta ley fue declarada inconstitucional en 1936, autorizaba pagos a agricultores por reducir las acres bajo cultivo. En efecto, estas medidas establecieron un piso por debajo de los precios que no permitió el ajuste de muchos mercados laborales y de productos, dada la caída en la demanda nominal. Estas medidas fueron una razón importante por la cual la producción total no se recuperó al nivel de 1929 hasta 1939, y la tasa de desempleo a fines de esta década era de 17,2 por ciento. Varios programas agrícolas actuales también tienen en gran parte el mismo objetivo y los mismos efectos. El precio de la leche es mantenido por un cartel autorizado por el gobierno, el precio del azúcar por una cuota sobre las importaciones, y el precio del maíz ha aumentado por una regulación que requiere una producción substancial de etanol a base de maíz para uso como combustible. Desconozco cuál es la posición de Obama respecto al cartel de lácteos. No obstante, durante su campaña presidencial, el senador Obama fue un firme defensor tanto de la cuota para el azúcar como del programa para la producción de etanol.
Otra política de los gobiernos de Hoover y de Roosevelt era la de aumentar considerablemente el gasto federal en infraestructura pública, especialmente en instalaciones hidroeléctricas. Estos programas no redujeron la producción total, pero claramente no fueron efectivos, dada la combinación de otras políticas, en reducir la profundidad o duración de la Gran Depresión. El gobierno de Japón lanzó un programa estatal de infraestructura substancialmente más costoso en la década de los noventa, también sin ningún efecto en acabar con lo que resultó ser una década de crecimiento económico muy bajo. Una provisión importante de la propuesta de estímulo fiscal del presidente Obama, por supuesto, es un aumento significativo del gasto federal en infraestructura pública. Bernanke estuvo en lo correcto al indicar que “Es poco probable que las acciones fiscales promuevan una recuperación duradera a menos que sean acompañadas de medidas fuertes para estabilizar y fortalecer aún más el sistema financiero”.
Conclusión
La lección más importante de este ensayo es evitar repetir las políticas que aumentaron la profundidad y duración de la Gran Depresión.
Desafortunadamente, algunas de estas medidas todavía tienen un considerable atractivo político—limitar el comercio internacional, fortalecer a los sindicatos, otras medidas para mantener los precios de algunos productos y servicios laborales, e impuestos más altos sobre los ricos y las ganancias de capital. Una lección importante que parece que hemos aprendido de los 1años treinta es evitar reducir la oferta de dinero en respuesta a una demanda mayor de éste. Otra lección importante que todavía no aprendemos es que algo de gasto público en infraestructura podría ser popular y valioso pero no es muy efectivo para contrarrestar una recesión.
Todavía tenemos que aprender las lecciones acerca de lo que causó la actual recesión y la crisis financiera en general. EE.UU. había experimentado 11 recesiones desde la Segunda Guerra Mundial sin una crisis financiera general, así que algo nuevo debe haber ocurrido que causó la situación actual. Mi opinión es que las políticas estatales y las prácticas privadas que cambiaron la forma en que las hipotecas eran financiadas son ese factor novedoso peligroso, pero ese es un tema para otra ocasión. En este aspecto, estoy de acuerdo con la reciente conclusión de Bernanke de que “deberíamos reconsiderar las regulaciones al capital, las reglas de contabilidad, y otros aspectos del régimen regulatorio para asegurar que estos no induzcan un comportamiento pro-cíclico excesivo en el sistema financiero y en la economía”.

lunes, 8 de junio de 2009

Chicharrones de marranitos

Por: Juan José Garrido
Más de una vez nos hemos referido sobre la hipocresía de la izquierda local con respecto a la reales razones de condena frente a las dictaduras, toda vez que levantan la voz cuando éstas son de derecha, pero callan -servilmente- cuando éstas responden a sus planes políticos. Siendo que las dictaduras, cualquiera que sea su procedencia ideológica, son indefendibles dada su naturaleza totalitaria, corrupta y -muchas veces- homicida, intriga el comportamiento en cuestión.
Las denuncias de dichos sistemas totalitarios, por cierto, no son monopolio de la filosofía social: Basta dar una revisión ligera de los principales intelectuales liberales para encontrar condenas similares, sin medias tintas, basadas en las máximas de la libertad individual, de opinión y de acción. El economista austriaco Friedrich Hayek, quien mejor define -quizás- al libre pensador, debe su fama tanto al Nobel de 1974 como a su extraordinaria obra Camino de servidumbre (1944), donde expone -como idea principal- cómo los sistemas autoritarios y colectivistas conducen inevitablemente a la tiranía.
Los ambientes socialistas, tanto académicos como de prensa, hacen muy bien en denunciar las dictaduras de derecha; de hecho, todos debemos hacer un frente común ante ellas. Empero, es una lástima que cuando las dictaduras favorecen sus planes políticos y económicos, callen miserablemente. Ahí está la Cuba de los Castro como ejemplo de ello, así como callaron con Velasco, y callan ahora con el dictador de Caracas. Algunos se dan el lujo de criticar los pronunciamientos frente a esta última, actitud que demuestra bajeza, así como debilidad frente al poder que dichas dictaduras ejercen. Porque, hay que decirlo con claridad, esos personajillos financiados ayer con las expropiaciones velasquistas -o algún puestito en el Sinamos- son los mismos que hoy defienden los proyectos totalitarios de Chávez por amor a sus bolsillos.
Sí, seguramente la derecha corrompe y compra medios; empero, la izquierda también. Si los primeros lo hacen por un mercantilismo hediondo, los segundos por imponer su empobrecedor programa socialista. Sin embargo, ¿algún militante de izquierda se ha pronunciado contra los atropellos de Chávez frente a los medios independientes? ¿Realizarán alguna movilización a favor de Globovisión? ¿Dicen algo cuando los petrodólares inundan las redacciones locales? No; y no lo harán en tanto el dictador financie sus puestos de trabajo en La Primera y otros proyectos alineados con las políticas que promueve. No se equivoquen y no se dejen tontear: no es amor al chancho, sino al chicharrón.