lunes, 11 de mayo de 2009

Seguimos perdiendo el tiempo

por : Juan José Garrido Koechlin.
Si bien es cierto que entre los distintos modelos capitalistas –ver la categorización de William Baumol- la fórmula exacta para facilitar mayores tasas de crecimiento es la mezcla adecuada entre unos y otros, es cada vez más sólido el consenso alrededor de las condiciones necesarias a fin de maximizar el crecimiento económico.
En primer lugar encontramos la facilidad para empezar y hacer crecer una empresa –simplicidad para formalizar una empresa, de cerrarla y de acceso a capital-; en segundo lugar, en qué medida se premia la actividad empresarial productiva –Estado de Derecho, levedad tributaria y entre otros-; en tercer lugar, en qué medida se premian las actividades improductivas -es decir, en las que se puede obtener una recompensa sin generar nueva riqueza-; y, finalmente, cómo incentivamos mejoras en la productividad de aquellos que ya probaron ser exitosos.
La mezcla de éstas condiciones promociona la actividad empresarial dirigida a innovar, a mejorar formas actuales de producción, mejoras en calidad, entre otros; es decir, incentiva a los diversos emprendedores a volcar sus cualidades al mercado, beneficando a la sociedad –vía los consumidores- de mejores productos y mejores precios.
El último reporte del Banco Mundial –Doing Business, 2009- que proporciona una medida relativamente objetiva del ambiente para hacer negocios en 181 países, clasifica al Perú en el puesto 62, un descenso de 9 puestos desde la clasificación del 2008. De los 10 temas en evaluación –apertura de un negocio, obtención de crédito, protección de los inversores, pago de impuestos, entre otros- empeoramos en 7 de ellos, y –lamentablemente- en los que mayor incidencia tienen sobre el crecimiento de largo plazo. Y si bien estamos en los rangos promedios de la región, nos encontramos muy alejados de la media de los países desarrollados, referencia obligada a la cual apuntar. Por ejemplo: mientras en Perú realizas 10 procedimientos para empezar un negocio, en los países desarrollados son 5; mientras en los países de la OCDE no llegan a 14 días los requeridos para lograrlo, aquí necesitamos de 65; y así en cuanto a registro de propiedades, acceso a crédito y otros.
Mejoras en el clima de inversión son necesarias por varios motivos; empero, lo más importante para un país como el nuestro, es que trasferimos la competencia de los pasillos del legislativo, ejecutivo y poder judicial a los anaqueles, las tiendas y las mentes de los consumidores. Es decir, ponemos la economía –los intercambios- al servicio de la gente y no del poder político y económico.

sábado, 2 de mayo de 2009

La pregunta de Zavalita

Por: Raúl Mendoza Cánepa
En su novela Conversación en la Catedral, Vargas Llosa se pregunta por boca de uno de sus personajes, Zavalita “¿Cuándo se jodió el Perú?” Ensayemos una respuesta weberiana. La colonia dejó su sello en la república. Con el catolicismo español aportó a la vida el jerarquismo, el autoritarismo y la sanción moral del éxito, este espíritu no aportó al desarrollo de empresas e individuos.
En Estados Unidos fue a la inversa. Las raíces protestantes hicieron del éxito individual la prueba de la “salvación” personal (gracia divina). Para Weber, la cultura pone lo suyo y en Norteamérica creó al individuo libre, exitoso y aventurero, el self made man. En Latinoamérica reforzó el principio de jerarquía, y la jerarquía es regulación, burocracia, procedimiento, pasividad individual, o sea más Estado. Se consolidó una cultura contraria al éxito individual.
¿Ideal colectivo?
Si reparan, hasta la independencia peruana fue colectivista, fue independencia de la Nación, sin carta de derechos individuales (”…el Perú es libre e independiente…”). En Norteamérica, bajo el ideal jeffersoniano, la independencia sí fue individualista (”Todos los hombres son iguales, dotados por su creador de ciertos derechos inalienables: a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, Declaración de Filadelfia -4 de julio de 1776)
Por eso en el Perú las esperanzas se centraron en la omnímoda y “generosa” voluntad de los burócratas generosos, nunca en la inventiva y esfuerzo de los individuos ávidos de cumplir sus propios sueños.

viernes, 24 de abril de 2009

Peligroso regalo

Por: Xavier Sala-i-Martin.
Xavier Sala-i-Martín es catedrático de Columbia University y Profesor Visitante de la Universidad Pompeu Fabra.
La crisis económica mundial no llegará a su fin hasta que no se solucione el problema de fondo: los activos tóxicos basados en hipotecas morosas que están en manos de bancos estadounidenses impiden a éstos operar como entidades financieras normales, y eso evita que el crédito fluya hacia el resto de la economía e frena la recuperación. El problema es que los bancos adquirieron grandes cantidades de esos productos financieros a un precio elevado, pero dada la anormalmente alta tasa de morosidad, se han devaluado y nadie los quiere comprar si no es a precio de saldo. La solución pasa por que esos activos tóxicos desaparezcan de los balances de los bancos pero los bancos se han negado a vender a precio de saldo por dos razones. Primera, porque pensaban que si vendían, incurrirían en unas pérdidas tan grandes que representarían su quiebra. Segunda, porque los banqueros, que son gente muy lista, tenían la esperanza de que el gobierno acabaría comprándolos a un precio cercano al original. Y, visto el nuevo plan de Obama, mucho me temo que los banqueros tenían razón.
¿Cómo? ¡Pero si el gobierno de Barack Obama ha jurado y perjurado que no utilizará impuestos para subsidiar a esos banqueros egoístas cuya codicia ha causada, según el propio presidente, la actual situación de crisis financiera mundial! Pues bien, mis queridos lectores: el plan de Obama es una estratagema camuflada que utiliza dinero público para que los bancos recuperan casi todo el dinero de los activos tóxicos. Me explico.
De manera muy resumida, el plan de rescate funciona así: se crea una sociedad público-privada (SPP) en la que inversores privados aportan 30.000 millones y el gobierno otros 150.000 millones. Con esos 180.000 millones como garantía, la SPP pide un préstamo al FDIC (Federal Deposit Insurance Corporation, la institución pública que garantiza los depósitos de los bancos) de 820.000 millones por lo que la SPP dispone de 1 billón de dólares para invertir. Es importante señalar que el crédito de 820.000 es “sin recurso”, es decir, que si la inversión de la SPP pierde dinero, el crédito no se devuelve y los inversores privados solamente pierden los 30.000 millones de su bolsillo. Pues bien, con ese billón de dólares, la SPP comprará los activos tóxicos de los bancos a un precio determinado mediante subasta. La idea es que el gobierno se aproveche de la “sabiduría” de los mercados privados a través de la subasta para que el contribuyente no pague un precio excesivo por unos activos tóxicos.
Sobre el papel, y tal como dice Obama, este plan no representa ningún subsidio público a los bancos. ¿Correcto? Pues no. Incorrecto. El plan no sólo es un enorme subsidio sino que permite que los bancos recuperen todo el dinero malgastado en activos tóxicos con cargo al contribuyente. Para entender por qué, imaginemos que Citigroup tiene activos tóxicos que compró por valor de 1 millón de dólares. Imaginemos, para simplificar, que la probabilidad de que esos activos acaben pagando dividendos es el 2%. Esos activos, pues, tienen un valor de mercado de 20.000. Si yo fuera directivo de Citigroup, sin embargo, crearía una sociedad paralela para participar en la SPP (he leído el plan de Obama de arriba abajo y… ¡no hay nada que prohíba a Citigroup hacerlo!). Una vez en el centro del meollo, la sociedad de nueva creación entra en la subasta y puja hasta que el precio sea de 1 millón de dólares. Los inversores externos saben que esos activos sólo valen 20.000 por lo que no pujarán. La compra es adjudicada, pues, a la subsidiaria de Citigroup por 1 millón. ¿Quién paga? Pues, según el plan, 30.000 los pone la empresa subsidiaria (es decir, el propio Citigroup), 150.000 los pondrá el gobierno (es decir, el contribuyente) y el resto lo pondrá el crédito del FDIC. Ahora bien, como pasados unos años, la nueva sociedad verá que esos activos por los que han pagado 1 millón sólo valen 20.000 dólares, incurrirá en pérdidas y no podrá devolver el crédito al FDIC. Pero como el crédito era sin recurso, resulta que la nueva sociedad no lo tiene que devolver por lo que el dinero aportado por el FDIC (es decir, por el contribuyente), acabará financiando el resto de la operación. Resumiendo: Citigroup recupera el millón de dólares que había pagado originalmente y, de ese millón, 30.000 lo paga el propio Citigroup y los restantes 970.000 euros los pagan el contribuyente.
Es decir: diga lo que diga el flamante nuevo presidente de los Estados Unidos, su “sofisticado” plan de rescate no es más que una burda compra de activos tóxicos a su precio original con cargo al contribuyente. Eso explica por qué las bolsas celebraran con espectaculares subidas la aprobación del plan y por qué los bancos no han querido vender sus activos tóxicos durante meses: de alguna manera anticiparon que el papá estado no los iba a dejar en la estacada y acabaría comprando el fruto de sus pecados al precio original. Naturalmente, salvar el trasero de banqueros irresponsables no sólo representa la utilización inmoral de recursos públicos sino que supondrá una salida en falso de la crisis: las entidades financieras, ya sin su mochila tóxica, tendrán incentivos a volver a comportarse irresponsablemente a sabiendas de que, cuando las cosas vayan bien ellos se quedarán los beneficios y, cuando vayan mal, volverá a pagar el contribuyente. En este sentido, Obama acaba de plantar las semillas de la próxima catástrofe financiera con un plan que, para los bancos, no es más que un peligroso regalo.
Este artículo fue publicado originalmente en La Vanguardia (España) el 17 de abril de 2009.

Diagnóstico Socialista Sobre El Capitalismo

Autor: Carlos Rodriguez Braun.
El diputado socialista Manuel de la Rocha afirmó en El País que las causas de la crisis económica “son bien conocidas, por una parte la crisis financiera internacional derivada de la falta de regulación del sistema, y por otra la específica burbuja inmobiliaria de nuestro país. En ambos casos la especulación, el enriquecimiento sin límite, el laisser faire”.
Hubo mucha regulación financiera. Puede sin duda replicarse que dicha regulación fue mala, desestabilizadora y contradictoria –pensemos por ejemplo en Basilea II y la contabilidad “mark to market”. Pero hablar de falta de regulación es absurdo. Y aún más absurdo es que don Manuel mencione la crisis financiera sin decir ni una sola palabra de los bancos centrales, que empezando por la Reserva Federal orquestaron una espectacular expansión monetaria, razón de la burbuja, que al ilustre diputado no le merece comentario alguno.
Los especuladores son chivos expiatorios desde hace siglos. Lo que nadie ha podido demostrar nunca es que comprar barato y vender caro, que es lo que hacen los especuladores, sea necesariamente nocivo. Otra consigna cara a la corrección política es la supuesta maldad del enriquecimiento rápido o sin límites; por alguna razón que se me escapa, hay gente que cree que es mejor menos riqueza y más tarde que más riqueza y más temprano.
Corona sus disparates el señor de la Rocha diciendo que todo se debe al laisser faire cuando en el mundo sin excepción el dinero es público y monopólico, y está administrado por unas entidades públicas y monopólicas llamadas bancos centrales, cuya relación con el mercado libre está por demostrar. Y pensar que la burbuja inmobiliaria tiene que ver con el liberalismo, cuando los tipos de interés los maneja el sector público y la construcción está regulada por las Administraciones Públicas, es pensar de una forma peculiar.
Publicado originalmente en:
http://www.libertaddigital.com/opinion/carlos-rodriguez-braun/diagnostico-socialista-sobre-el-capitalismo-47129/